dPosta – La aparición de pintadas, mensajes intimidatorios y retos virales en establecimientos educativos de General Pico, Santa Rosa, Toay, Eduardo Castex y 25 de Mayo ha puesto en jaque la cotidianeidad escolar en la provincia de La Pampa. Ante este escenario de incertidumbre y temor, el Sindicato de Trabajadores de la Educación Pampeana (SiTEP) emitió un extenso documento titulado “Reflexiones sobre las violencias y nuestra tarea docente”, donde profundiza en las causas de un fenómeno que consideran mucho más complejo que una simple “travesura” o un desafío digital.
Desde el gremio vinculan este clima de inseguridad con una violencia estructural que se manifiesta en distintos niveles de la vida pública. Por un lado, señalan la retórica del poder político nacional como un factor condicionante, indicando que el discurso oficial, cargado de estigmatizaciones, “contribuye a consolidar un clima de hostilidad que habilita formas más amplias de violencia simbólica”. Según la organización, esta retórica no es inocua, sino que construye enemigos y erosiona los consensos básicos necesarios para la convivencia democrática dentro de las aulas.
Por otro lado, el documento contextualiza la gravedad de los hechos actuales a partir de la tragedia en San Cristóbal, Santa Fe, donde un alumno de 15 años asesinó a otro de 13. Este crimen, cuyas imágenes se multiplicaron en redes sociales, actuó como detonante para una ola de amenazas que ya afecta a diversas localidades pampeanas.
El pasado viernes 17 de abril, la situación alcanzó un punto crítico cuando varios colegios secundarios debieron suspender sus actividades tras el hallazgo de inscripciones que prometían masacres, lo que obligó incluso al Gobierno Provincial a presentarse como querellante en las causas judiciales.
Frente a esta escalada, el SiTEP manifestó una postura crítica hacia ciertas decisiones administrativas que consideran ineficaces o meramente cosméticas, como la prohibición del uso de mochilas en algunas instituciones. Para el sindicato, estas acciones “buscan ‘hacer algo’ frente a la preocupación social, pero no logran enfocar ni diagnosticar correctamente el problema”. La organización sostiene que poner el foco exclusivamente en mecanismos de control desplaza la discusión sobre las condiciones de fondo que producen la violencia.
En términos de propuestas pedagógicas, el gremio docente insta a un cambio de paradigma en la intervención escolar. En lugar de profundizar el control punitivo, proponen la realización de jornadas reflexivas y espacios que habiliten la palabra. Una de las citas centrales del documento subraya la necesidad de penetrar en la subjetividad de los jóvenes: “Las palabras tienen peso, y eso se debe imponer, pero además se debe sentir, porque si no formamos de otra manera a nuestras niñeces y adolescencias, el miedo y el pánico se apoderan de nuestras vidas”.
El SiTEP enfatiza que la tarea es revalorizar la comunicación responsable, entendida no solo como el cuidado en lo que se dice, sino también en cómo se escucha e interpreta el malestar juvenil. Proponen una intervención profunda de equipos interdisciplinarios que no solo se enfoquen en “los responsables” de los graffitis, sino en sus entornos familiares y sociales. Al respecto, el sindicato advierte: “No podemos responsabilizar sólo a los adolescentes, los adultos estamos teniendo problemas con las violencias y las relaciones sociales”.
Para los trabajadores de la educación, el fenómeno de la True Crime Community (TCC) y otros retos virales demandan atención, pero no deben ser la única explicación. Lo más preocupante para el sindicato es la “falta de empatía por el otro” que se evidencia al montar una amenaza sobre el dolor de tragedias reales. Por ello, consideran fundamental que el Ministerio de Educación, las familias y los docentes trabajen en una pedagogía que rescate la humanidad del prójimo.
La conclusión del gremio es clara: el abordaje debe ser colectivo y formativo. Se trata de una lucha contra el “sin sentido” que parece instalarse en las nuevas generaciones. El desafío es inmenso y requiere fomentar el respeto y la escucha activa como herramientas de resistencia frente a un clima de época que, desde la conducción política hasta las redes sociales, parece premiar la agresión por sobre el vínculo humano.