dPosta – La frase que el 10 de diciembre de 2023 resonó desde las escalinatas del Congreso de la Nación como una advertencia fiscal, se ha transformado hoy en una realidad palpable que asfixia el entramado productivo argentino. El “No hay plata” ya no es solo un eslogan de ajuste; es el certificado de defunción de empresas históricas, el motivo de las persianas bajas y el fantasma que recorre los pasillos de las fábricas.
En un escenario dominado por la apertura indiscriminada de importaciones y una caída del consumo que no encuentra piso, los sectores automotriz, metalmecánico y alimenticio atraviesan una tormenta que combina incertidumbre salarial con la desarticulación de la industria nacional.

Córdoba y la paradoja de Pauny
En Las Varillas, Córdoba, la empresa Pauny representa mucho más que una fábrica de tractores; es el motor de una comunidad y un símbolo de resiliencia. Surgida como cooperativa tras la quiebra de la mítica Zanello en 2002, la firma llegó a liderar las ventas en el país. Hoy, sin embargo, el escenario es sombrío. Las políticas de libre importación del gobierno de Javier Milei han impactado de lleno en su línea de flotación.
A escasas diez cuadras de su planta, una empresa colega ya tomó una decisión drástica: dejar de producir piezas locales para dedicarse exclusivamente al ensamblado de tractores de menor porte que trae desde la India.
La crisis en Pauny tiene un componente político insoslayable. En Las Varillas, Milei arrasó en el balotaje de 2023, pero el impacto directo en los bolsillos ha comenzado a erosionar su imagen, que cayó 14 puntos en la localidad.
Con 500 empleos directos y un ecosistema que alcanza los 800 puestos industriales de calidad, la incertidumbre es total. Las suspensiones comenzaron a finales del año pasado, eliminando los turnos de los lunes para paliar la falta de demanda.
La mirada está puesta en Expoagro, con la esperanza de que aparezcan créditos blandos que permitan competir frente a una maquinaria importada que, en las últimas licitaciones provinciales, ya empezó a ganar terreno.

Freno de mano en una terminal automotriz
A cientos de kilómetros, en El Palomar, la realidad de la industria automotriz no es más alentadora. Stellantis, el gigante que agrupa a marcas como Peugeot y Citroën, anunció el cese de actividades en su planta bonaerense hasta marzo. Aunque la empresa califica la medida como una “adecuación estacional” y tareas de mantenimiento, el contexto habla por sí solo: la producción nacional de vehículos cayó un 30,1% interanual en enero, acumulando siete meses de descenso consecutivo.
Para los trabajadores, el costo es directo. Bajo el esquema de suspensiones acordado con la UOM, cobrarán apenas el 70% de sus haberes habituales. Mientras la producción se desploma a niveles que no se veían desde 2020, las estadísticas de ADEFA y ACARA revelan otra cara del modelo: mientras las exportaciones retroceden un 10,8%, la venta de autos importados creció casi un 50%.
El mercado interno, asfixiado por la pérdida de poder adquisitivo, deja de mirar el producto nacional para dar paso a un flujo externo que no genera empleo en el cordón industrial del conurbano.

La profecía amarga de los caramelos
Quizás el caso más irónico y doloroso sea el del Grupo Marengo en Rafaela, Santa Fe. En un intento de sintonizar con el clima de época, la firma lanzó en diciembre de 2023 una línea de caramelos denominada “No hay plata”. El slogan prometía que, ante la escasez de recursos, habría “dulzura y alegría”. La movida fue celebrada por los militantes digitales del oficialismo, pero la realidad económica no tuvo piedad con el marketing.
A mediados de 2025, el rubro de las golosinas —uno de los primeros en sufrir el recorte de gastos prescindibles de las familias— experimentó un desplome vertical. Marengo, con más de 80 años de trayectoria, entró en una crisis inédita. Las suspensiones sin goce de sueldo y el despido del 30% de su personal fueron el preámbulo de un final anunciado: la planta fue rematada y vendida a un grupo inversor de Buenos Aires.
Los 60 trabajadores, que pasaron meses reclamando deudas salariales frente a una fábrica paralizada, hoy miran con incertidumbre si el nuevo dueño mantendrá la producción en Rafaela o si los caramelos “No hay plata” fueron, efectivamente, la profecía de su propia quiebra.
Incertidumbre generalizada
La crisis no es un fenómeno aislado. Desde la desaparición de fábricas emblemáticas como los alfajores La Paila en Córdoba hasta el cierre de gigantes como Fate, el mapa industrial argentino se está redibujando bajo la lógica de la supervivencia. En este clima denso, las renuncias en áreas clave como la Secretaría de Trabajo cordobesa solo confirman que el malestar trasciende lo estadístico para volverse político.
El modelo de apertura y ajuste ha puesto a la industria argentina en una encrucijada: o se reconfigura hacia el ensamblado y la importación, o resiste bajo un esquema de suspensiones que vacía los centros industriales. Por ahora, el “No hay plata” se impone como la única certeza en un país que ve cómo sus tractores se detienen, sus autos se guardan y sus caramelos se amargan antes de llegar al paladar.