dPosta – El paisaje en las cajas de los supermercados argentinos mutó radicalmente en el último año. No se trata solo de la inflación, sino de un enemigo silencioso que se metió en los bolsillos vulnerables: el peso insostenible de las deudas del pasado. El fuerte incremento de la morosidad crediticia, un fenómeno que acumuló 19 meses consecutivos de subas en las entidades financieras, comenzó a pasar una factura directa sobre el consumo diario de las familias, obligándolas a recortar las compras básicas en el supermercado.
El origen de esta crisis se remonta al segundo semestre de 2025. Impulsados por la ilusión de cuotas, miles de jóvenes de 18 a 35 años y pequeñas empresas se volcaron a las líneas de financiamiento para adquirir bienes durables, como motos chicas. Sin embargo, las tasas de interés treparon a niveles asfixiantes, alcanzando un pico del 120% anual. Aunque el mercado bancario tradicional logró normalizarse recientemente y estabilizó sus tasas en torno al 23% anual, el daño estructural ya estaba hecho. El verdadero peligro quedó concentrado en las entidades no bancarias y billeteras digitales, donde las tasas son prohibitivas. Allí, la morosidad no da tregua y devora el 32% de la cartera de préstamos, atrapando a cerca de 7 millones de personas y pymes al borde del colapso.
Los datos preliminares del Banco Central de la República Argentina (BCRA) de junio de 2026 encendieron luces de alarma. Por primera vez en casi dos años, la mora de familias y pymes en el sistema bancario tradicional mostró un leve respiro, ubicándose en el 12,7% de la cartera (un 0,1% menos que en mayo). Si se toma el crédito total al sector privado, la irregularidad se situó en el 7,6%. Sin embargo, los analistas advierten que esta mejora no refleja un saneamiento real del poder adquisitivo, sino el resultado de una agresiva estrategia de refinanciación de carteras. Las entidades están dando más tiempo para pagar porque cobrar sería imposible. El saldo refinanciado ya representa un histórico 3,4% del crédito de las familias y un 0,7% del de las empresas, las cifras más altas en décadas. En contraste, las grandes corporaciones transitan otra realidad con una mora normal del 3,5%.
La conexión entre las finanzas y el mostrador es directa. El Indec reflejó que en 2025 las ventas en supermercados crecieron un 2,0% interanual. No obstante, la curva se invirtió cuando la mora crediticia maduró. Entre enero y mayo de 2026, el consumo en las grandes cadenas se desplomó un 2,8% acumulado, con caídas alarmantes en marzo (-5,1%) y abril (-3,7%). Existe una correlación negativa perfecta: a mayor cantidad de sueldos destinados a tapar deudas vencidas, menos dinero queda para el changuito de comida.
El panorama para el tercer trimestre de 2026 sigue siendo de extrema cautela. El atraso en los pagos avanzó en 18 de los 30 principales bancos del país, demostrando que la crisis sigue extendiéndose. Aunque el Gobierno intentó intervenir otorgando préstamos en dólares a tasas normales para oxigenar el sistema, el mercado financiero continúa crujiendo. Sin mecanismos profundos que alivien la carga de esos 7 millones de afectados no bancarios, las góndolas seguirán reflejando la silenciosa asfixia del bolsillo familiar.