El PJ celebra y se desangra

Cuando terminó de contabilizarse el último voto, lo que el domingo por la noche se suponía sería un festejo que rompiera gargantas, terminó en una indisimulada exposición de fracturas que parecen complejas de soldar.

dPosta – Las Unidades Básicas más importantes de La Pampa fueron el reflejo del estado de situación del partido -hasta hoy- gobernante: la de Pico, deshabitada; y la de Santa Rosa, abarrotada de facciones disputándose la autoría de la victoria. Ambas vacías de la gente que el partido se arroga representar.

El peronismo pampeano llegó a la elección arrastrando amenazas de quiebres y desconfianzas de distintos sectores, que el gobernador Ziliotto supo contener y ocultar para encarar un año electoral legislativo con base en dos modelos a elegir. Y fue el mismo mandatario que se cargó al hombro la campaña, y a fuerza de inauguraciones y anuncios, se encargó de instalar que se votaba entre un Estado que excluye y otro que contiene.

Fue, entonces, el gobernador quien paseó por toda la provincia “la marca” PJ y eso alcanzó para llegar a una sufrida victoria que devolvió al oficialismo las dos bancas de diputados nacionales. Porque lejos estuvieron los candidatos de enamorar con sus discursos o carisma para despertar esa mística peronista que reventara las urnas, como tampoco lo hizo un desconocido foráneo radicado en la capital y pintado de violeta, y mucho menos el joven que puso el pecho para representar los restos de un partido centenario.

Lo que a la mañana parecía una jornada destinada a consolidar un triunfo sólido justicialista, comenzó a crujir con una nueva aparición del hombre que, por meses se comporta como jubilado, pero elige momentos estratégicos para provocar daño a quienes tienen la responsabilidad de estar en plena actividad. La conferencia de Verna, por momentos planteada desde cuestiones que parecían más personales que partidarias, cortó los hilos que sujetaban una endeble unidad. Cada estocada del ex gobernador fue dirigida a actores relevantes que solo están en la estructura dirigencial, ante el estupor -y aplausos de algunos- de esa gran mayoría que denominan las bases.

Y, llegada la noche, las luces de las Unidades Básicas mostraron las diferencias, rencores, presencias y ausencias.

En Pico, las autoridades de mesa llegaban a dejar las planillas con resultados y, ya sabiendo como era la tendencia, escapaban para mascullar bronca en sus domicilios. No más treinta militantes, la mayoría mujeres mayores, aportaron calor a la tensa espera de los resultados. No estuvo el “ultravernismo”, casi que tampoco vernsimo, algunos viejos dirigentes marinistas deambulaban y analizaban lo que se veía venir mientras que, encerrados en una habitación, unos pocos “ferranistas” lloraban los números de Pico y suplicaban por cada boleta santarroseña.

“Faltó unidad”, admitió Ferrán cuando salió del cuarto para cantar la marcha con el puñado de señoras peronistas que se quedaron hasta el último minuto, algunas de ellas para gritar a viva voz que, ni Ferrán, ni el partido, se merecían lo que había hecho Verna a la mañana.

Dicen que en Santa Rosa la cosa estuvo más movida, y no porque allí se diera rienda suelta a la alegría de ganar la elección con abrazos fundidos entre militantes y dirigentes. A contramano de la ciudad norteña, la UB de la capital se llenó, pero parece que de grupos que se golpeaban el pecho y auto adjudicaban la victoria. Estuvo muy cerca de terminar mal, culminó con una foto decorosa para la tapa de los diarios.

Las bombas del jefe de La Plural vaciaron la casa peronista piquense, y detonaron también en Santa Rosa, donde explotaron también otras batallas más territoriales centradas en la capital.

El oficialismo pampeano dio vuelta anoche una pesada página y le quedan por delante dos años de ardua tarea, en principio, de acuerdos dirigenciales que permitan en algún momento recuperar la calle, y no con fotos en redes, sino con vínculos reales que contagien a los militantes para volver a llenar sus Unidades Básicas de peronistas.